Una de las cosas que más me ha sorprendido desde que acompaño y organizo eventos de senderismo en Colombia no es la dificultad de las rutas, ni la altitud, ni siquiera el clima. Lo que realmente sorprende es quiénes llegan al final con mejor energía.
En muchas caminatas de alta exigencia —rutas largas, entre 20 y 30 kilómetros, con desniveles importantes— son los adultos mayores quienes marcan el ritmo, mantienen la constancia y terminan con una sonrisa, mientras personas más jóvenes luchan por sostener el paso.
Y no es una excepción. Es un patrón que se repite.
La edad no es el límite que muchos creen
Existe la idea de que el senderismo exigente es solo para personas jóvenes o atletas. La realidad en la montaña dice otra cosa.
He visto participantes de 55, 60, 65 años (y más) completar rutas largas con una capacidad física admirable. No por velocidad, sino por resistencia, control del cuerpo y manejo del esfuerzo.
Mientras algunos más jóvenes se agotan rápido, se frustran o abandonan, ellos avanzan con calma, paso firme y respiración constante.
El verdadero secreto: la constancia diaria
Cuando uno conversa con estas personas, la respuesta suele ser sencilla y honesta:
“Yo camino todos los días.”
No hablan de gimnasio extremo ni de entrenamientos complejos. Hablan de:
- Caminatas cortas diarias
- Salir a caminar aunque sean 20 o 30 minutos
- Mantener el hábito durante años
Esa constancia, repetida día tras día, construye algo muy potente: un cuerpo preparado para esfuerzos largos y sostenidos.
La montaña no se conquista con picos de energía, se conquista con regularidad.
Caminar lento, pero llegar lejos
Otra gran lección que enseñan los adultos mayores en las rutas es el manejo del ritmo. No arrancan rápido. No compiten. No se desgastan innecesariamente.
Avanzan con:
- Pasos cortos y constantes
- Hidratación consciente
- Pausas bien tomadas
- Escucha real del cuerpo
Eso les permite mantener energía durante horas, incluso en rutas largas o de alta montaña.
El senderismo como estilo de vida, no como reto ocasional
Para muchas personas jóvenes, una caminata exigente es un “reto puntual”. Para muchos adultos mayores, es la extensión natural de su estilo de vida activo.
Caminar no es un evento aislado, es parte de su rutina. Y eso marca toda la diferencia.
Una lección que la montaña nos repite
La montaña es justa. No premia la edad ni la juventud. Premia:
- La constancia
- El respeto por el propio cuerpo
- La paciencia
- La disciplina silenciosa
Y en ese escenario, los adultos mayores nos recuerdan algo fundamental: no se trata de cuántos años tienes, sino de cómo te mueves todos los días.